Y se consumió la vela.
Ella salió por la puerta de atrás,
y yo sin saberlo
seguía mirando
su figura junto a la mía,
cayendo de cabeza
por los toboganes de su pelo.
Odio soñar con ella,
odio que ella no sueñe conmigo,
odio que me quite el sueño.
Ella,
sólo ella y sus ojos
son capaces de cegar
a los que un día
volvieron a ver.
La catarsis
que deja su catástrofe,
la carne creada y cremada
como corolario
de una crisis cruel y crónica
a la que sucumbimos.
Ella es la musa que todos
quieren ver pasar por sus versos,
y que salga temprano
con los tacones en la mano.