Noté la helada nieve acariciando mi mejilla y sentí frío.
Desperté en un inmenso y precioso bosque nevado. Era de noche y no podía ver nada.
Me incorporé y vi una luciérnaga volando a mi alrededor. Sólo se veía su luz, alumbrando en la inmensa oscuridad. Al principio, volaba en círculos, dejándome desconcertado. Me cansé de no entender nada y desistí, estaba solo, helado y tan perdido que no quería más problemas, aunque en aquél estaba mi solución y era la única posible.
Intenté caminar en busca de una salida o algo de claridad, pero en cuanto di dos pasos me tropecé y caí a la nieve. En aquel momento, la luciérnaga se posó en mi mano. Me quedé observándola y de no ser porque era un simple insecto, diría que ella hacía lo mismo, con la intención de decirme algo.
Entonces alzó el vuelo y desapareció en lo más profundo de aquel bosque, sin darme tiempo a seguirla. Sentí miedo, pensé que me quedaría en aquella tortura eternamente. Cerré los ojos todo lo fuerte que pude, deseando desaparecer y empecé a llorar. Cuando la primera lágrima se desvaneció en la nieve, cientos de luces aparecieron, como las estrellas de una noche de verano, colgando de los enormes árboles nevados.
Tan altos eran que cubrían el cielo y por eso no se veía nada.
Comencé a dar vueltas sobre mí mismo, asombrado por la belleza del lugar. No podía creer que había estado allí todo el tiempo. Decidí explorar el sitio y buscar la luciérnaga, algo me decía que le debía una.
Cuando me acerqué al árbol más próximo vi que no eran simples luces, si no cientos de luciérnagas, colocadas para iluminar mi camino.
Antes de poder reaccionar, todo el bosque empezó a temblar y se derrumbó como si de un muro se tratase.
Mi madre me despertó diciendo que era la mañana de Navidad, que bajase a desayunar. Me vestí y salí corriendo de casa. Recorrí cada calle, cada barrio de la ciudad escribiendo en muros y pegando carteles que ponían: "AL MUNDO LE FALTA LUZ, TÚ PUEDES PONERLA."
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